miércoles, 26 de junio de 2013

¿Dónde está el verdadero amor?





Ya hace algunos errores atrás cuando apenas tenía 15 años de edad y una enorme ignorancia sobre lo que era el amor conocí a Martín, el chico a mi parecer más atractivo de mi cuadra y por si el físico no era suficiente, una vez que lo conocías era imposible no enamorarte de  él.
Yo nunca fui ni la chica más alegre, ni la más inteligente y Dios sabe que tampoco era la más bonita pero por alguna extraña razón él decidió fijarse en mí.  Esta historia de amor empezó cuando llegué a vivir a escasas dos cuadras de dónde vivía él, nos hicimos amigos y en unas semanas sus constantes acompañamientos a la tienda, su sentido del humor y encantadora forma de ser hicieron que perdiera la poca cordura que me quedaba. No era ningún secreto que era un Don Juan a su corta edad, ni que tenía (al menos en cuanto a reputación) por lo menos a 15 o 20 chicas babeando por él, lo cual hizo que mi curiosidad por saber qué demonios había visto en mí, creciera más. 
 
El chasco me lo llevé a la segunda semana de novios cuando su madre llamó por teléfono a mi casa y después de una larga conversación con la mía, le aseguró dos cosas: que Martín estaba acostumbrado a tener muchas novias y que ella no quería tener ningún problema con mi familia ni ser testigo mudo de cómo me rompía su hijo el corazón.  Obviamente a mis 15 años, con toda la estupidez e inmadurez encima y con la presión de haber sido la niña inteligente de la familia y la hija prodigo, decidí terminar con él en el instante, era de esperarse que él lo negara todo, pero lo que no esperaba ni me cruzó por la cabeza, vino después. Fué a su casa más que enfurecido a hablar con su madre, durante el resto del día no supe de él y pensé que así se quedaría pero estaba muy equivocada. Al otro día me llamó por teléfono, reconoció que había tenido mala reputación antes y que había cometido errores con otras niñas pero que esta vez era diferente, yo siempre he sido de naturaleza desconfiada pero reconozco que nunca en la vida he vuelto a ver ni a sentir tanta honestidad en una persona y mucho menos en un niño de 15 años. Cuando se dio cuenta de que había fracasado al tratar de convencerme me comunicó a su madre por teléfono, la cual me dijo muy arrepentida y avergonzada que había platicado con él y que ella se había equivocado al pensar que yo sería una de tantas pues según ella jamás había visto a su hijo tan decidido y ni siquiera había hablado con el respecto a alguna otra novia, por lo que estaba convencida de que él en realidad estaba enamorado de mi (sus palabras).  No supe qué más decir y terminé colgando, era todo, era miedo y coraje con él y con su madre por hacerme pasar a mí y a mi familia un mal rato. Pero a pesar de todo era pánico por ver en él el mismo arrebato que yo sentía, la misma intensidad que yo mista trataba de negar. Llamó demasiadas veces, una de tantas contesté y le dije que dejara de molestar, irritado me contestó que no llamaba para molestarme, que quería hablar con mi madre, casi infartada por su respuesta le pasé el teléfono a mi mamá y después supe que él a su vez le comunicó a la suya, la cosa pasaba a más, el no se iba a quedar tranquilo al menos hasta hacerle entender a mi madre que todo había sido un malentendido, a ella si la convenció y la escuché dando su permiso para que él y su madre fueran a casa a hablar conmigo para hacerme “entrar en razón”, pero desgraciadamente yo ya había tomado una decisión,  había decidido dejarle a la mente lo que era del corazón y me mantuve firme en mi postura de no regresar con él, no me importaron sus llamadas, las de su madre o las continuas sorpresas que me llevaba al verlo aparecerse a todos lados a donde iba. Hoy, años, personas y errores después me doy cuenta de lo que hice y de qué me llevó a hacerlo.
 
Me vi en él, los que se han enamorado como yo saben perfectamente de lo que hablo, odiaba sentir tantas cosas y tan profundas por él, era la sensación más horrible del mundo el verlo y quedarme sin respiración, los nervios al verlo caminar hacia mí y la ansiedad cuando no lo tenía cerca o estaba por verlo, me daba pánico saber que él las sentía por mi también, lo vi y me reconocía a mi misma porque todo lo que él hacía yo quería hacerlo y todo lo que él decía yo quería decirlo también. Tenía 15 años y lo único en lo que pensé era que no podía ser posible que me llegara el verdadero amor a tan corta edad, no tenía idea de que quería en la vida pero sabía que él lo era y no estaba lista para eso, cometí el error de razonar en vez de sentir, traté de convencerme varias veces que fué la mejor decisión para mi, porque en ese momento me era insoportable sentir todo lo que sentía cuando estaba con él y sabía que me perdería a mí misma, no sabía lo que sé ahora, que valen más dos segundos de absoluta felicidad y locura, que dos siglos de tranquilidad y paz, fue una lucha constante entre mi corazón y la razón y pensé que era el único modo de terminarla. Puse en perspectiva todo lo que tenía y decidí que ese no era mi momento porque en ese momento tenía la seguridad de que vendría otra oportunidad después, pero la vida y el corazón no funcionan de la misma manera en que funcionan el resto de las cosas en el mundo, el verdadero amor existe y solo es uno, así sea tu decisión aferrarte a él o dejarlo pasar. 

Hoy, años después de haber tomado esa desición y haber pensado con la cabeza y no con el corazón, reconozco que fué la más grande estupidez que he cometido en mi vida, y que la respuesta a la pregunta ¿Dónde está el verdadero amor? que le he hecho durante todos estos años a la vida, ahora la he conseguido y es: Era él y lo dejaste pasar. 




jueves, 9 de mayo de 2013

Emanuel


Supongo que era un niño normal como todos los demás, tenía 11 años y aún cursaba la primaria, yo en ese tiempo iba a la Universidad pero me gustaba conversar con él cuando lo veía sentado en la banqueta frente a mi casa, mientras todos mis demás vecinitos estaban en la calle jugando pelota o a las escondidas.
Era un niño muy inteligente y le gustaba hacerme preguntas sobre mi escuela, sobre mis planes y mi amor por los animales, en ocasiones me ayudaba a buscar entre los vecinos a alguien que adoptara alguno de los perritos que rescataba de la calle, siempre dispuesto a ayudar.

Él era hijo único y sus padres siempre trabajaban, llegaban siempre de noche y él se encargaba de hacer sus tareas y mantener limpia la casa mientras ellos no estaban. A veces me daba la impresión de que se tomaba muy enserio las responsabilidades de su casa, ningún niño prefiere lavar los trastes o barrer su casa en vez de salirse a jugar pelota con sus amigos.
Lo veía por lo regular en las tardes, yo salía con mi perro a sentarme en la banqueta y él se nos unía para platicar, había semanas en las que no salía de su casa para nada y cuando lo volvía a ver me explicaba que tenía mucha tarea o que estaba muy cansado y prefería dormir temprano, platiqué con el durante varios meses sin que sus palabras me hicieran ver que la situación en su casa no era la que yo pensaba.

Un día regresé más tarde de la Universidad que de costumbre, entré a casa pero noté que en la calle había una patrulla (supuse que habían agarrado a algún delincuente (en mi vecindario no era raro que sucedieran esas cosas), a mi Mamá se le hizo extraño que además de la patrulla llegara una camioneta del SEMEFO (Servicio Médico Forense) y salió de la casa para preguntar a algún vecino si todo estaba bien, tardó por lo menos dos horas y cuando regresó tenía los ojos llorosos, obviamente yo le pregunté qué había sucedido pero como no podía ni hablar para explicarme decidí salir por mi misma y preguntar... creo que todos los seres humanos tenemos en menor o en mayor potencia desarrollado un sexto sentido, que es el que te hace saber que algo malo pasó y te va a afectar aún cuando no sepas de que se trata todavía.

Cuando yo salí de casa ya estaba temblando, la camioneta del SEMEFO estaba parada justo afuera de la casa de Emanuel pero ya se iba. Una de las vecinas que se encontraba afuera me lo contó todo:
-Se suicidó Emanuel-  me dijo..  -Cuál Emanuel?, Ema?-  Solo asintió con la cabeza y continuó sollozando, los detalles empezaron a nublarse a partir de ese momento, ya no recuerdo exactamente ni quién ni cómo se encargó de explicarme con lujo de detalle lo que había ocurrido.

Hacía apenas unas 2 horas lo habían encontrado sus papás, llegaron a casa y notaron las luces apagadas, pensando que él había salido a la calle a jugar o se le había hecho tarde, pero no.. cuando entraron y encendieron las luces vieron a Emanuel, estaba colgado, había usado el cinturón de su Papá, el mismo con el cual él lo había golpeado un día antes por haber reprobado varias materias, Emanuel lo ató alrededor de su pequeño cuello, lo atoró de una de las ventanas de su casa y dejó caer su cuerpo. Su padre fué quien lo descolgó, estaba sin playera y se le notaban aún algunas marcas de los sinturonazos del día anterior, no sé que tanta culpa pueda soportar un ser humano pero estoy segura que la que sintió su padre en ese momento debió haberlo superado. Dicen los vecinos que gritaba horriblemente, salió de la casa corriendo como dos veces y la Madre detrás de él, fuera de sí misma también.

Hasta ese momento no había imaginado un dolor más grande que ese, me llovieron en la mente todos los recuerdos de las conversaciones que tuve con él, buscando, tratando de recordar algo que me hubiera dado un indicio de lo que él sentía y que tal vez yo pude haber pasado por alto, me sentí culpable por las noches en las que me dijo: -Quédate un rato más, me gusta platicar contigo porque mis amigos estan bien mensos.-

Juro que morí mil veces pensando en que tal vez si lo hubiera presionado más para decirme las cosas que le preocupaban, si hubiera sabido lo que sé ahora y hubiera sabido lo que sé ahora para ayudarlo a él, tal vez todavía estaría vivo.

A casi más de 7 años de lo sucedido, aún lo sigo recordando su madurez y su seriedad que lo distinguían del resto de los demás niños, sé que su bondad y su carácter lo hubieran hecho un gran adulto, tal vez mejor de lo que soy yo. Sé que tal vez si lo lees pensarás pobre pequeñito y desearás haber tenido la oportunidad de haberlo ayudado también y a lo mejor habrías actuado a tiempo y no como yo, pero ésta como tantas otras historias sirven para mirar a nuestro alrededor, para darnos cuenta que toda la gente que nos topamos a diario y con la que convivimos puede estar en una situación similar, nunca esperes para interceder por alguien, nunca aplaces la ayuda por alguien ni subestimes el poder de las palabras para salvar la vida de alguien, un minuto más de conversación con un amigo, una ida al cine cuando está deprimido, incluso un mensaje para recordarle que no está solo, pueden hacer la diferencia entre su vida y su muerte. 


Paulina